viernes, 20 de enero de 2012

Octavario de oración por la unidad de los cristianos (3)



Consideraciones para la oración y meditación
con diversos textos ecuménicos de Juan Pablo II
para el octavario de oración para la unidad de los cristianos,
del 18 al 25 de enero
 *    *   *    *    *    *    *    *    *

día 1º (18 enero)
de la Enc. Redemptor hominis (1979)
Hacia la unión de los cristianos

Y ¿qué decir de todas las iniciativas brotadas de la nueva orientación ecuménica? El inolvidable Papa Juan XXIII, con claridad evangélica, planteó el problema de la unión de los cristianos como simple consecuencia de la voluntad del mismo Jesucristo, nuestro Maestro, afirmada varias veces y expresada de manera particular en la oración del Cenáculo, la víspera de su muerte: "para que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti". El Concilio Vaticano II respondió a esta exigencia de manera concisa con el Decreto sobre el ecumenismo. El Papa Pablo VI, valiéndose de la actividad del Secretario para la unión de los cristianos, inició los primeros pasos difíciles por el camino de la consecución de tal unión. ¿Hemos ido lejos por este camino? Sin querer dar una respuesta concreta podemos decir que hemos conseguido unos progresos verdaderos e importantes. Una cosa es cierta: hemos trabajado con perseverancia, coherencia y valentía, y con nosotros se han empeñado también los representantes de otras Iglesias y de otras Comunidades cristianas, por lo cual les estamos sinceramente reconocidos. Es cierto además que, en la presente situación histórica de la cristiandad y del mundo, no se ve otra posibilidad de cumplir la misión universal de la Iglesia, en lo concerniente a los problemas ecuménicos, que la de buscar lealmente, con perseverancia, humildad y con valentía, las vías de acercamiento y de unión, tal como nos ha dado ejemplo personal el Papa Pablo VI. Debemos por tanto buscar la unión, sin desanimarnos frente a las dificultades que pueden presentarse o acumularse a lo largo de este camino; de otra manera no seremos fieles a la palabra de Cristo, no cumpliremos su testamento. ¿Es lícito correr este riesgo?

Día 2º (19 enero)

Hay personas que, encontrándose frente a las dificultades o también juzgando negativos los resultados de los trabajos iniciales ecuménicos, hubieran preferido echarse atrás. Algunos incluso expresan la opinión de que estos esfuerzos son dañosos para la causa del Evangelio, conducen a una ulterior ruptura de la Iglesia, provocan confusión de ideas en las cuestiones de la fe y de la moral, abocan a un específico indiferentismo. Posiblemente será bueno que los portavoces de tales opiniones expresen sus temores; no obstante, también en este aspecto hay que mantener los justos límites.

Es obvio que esta nueva etapa de la vida de la Iglesia exige de nosotros una fe particularmente consciente, profunda y responsable. La verdadera actividad ecuménica significa apertura, acercamiento, disponibilidad al diálogo, búsqueda común de la verdad en el pleno sentido evangélico y cristiano; pero de ningún modo significa ni puede significar renunciar o causar perjuicio de alguna manera a los tesoros de la verdad divina, constantemente confesada y enseñada por la Iglesia. A todos los que por cualquier motivo quisieran disuadir a la Iglesia de la búsqueda de la unidad universal de los cristianos, hay que decirles una vez más: ¿nos es lícito no hacerlo? ¿Podemos no tener confianza ¾no obstante toda la debilidad humana, todas las deficiencias acumuladas a lo largo de los siglos pasados¾ en la gracia de nuestro Señor, tal como se ha revelado en los últimos tiempos a través de la palabra del Espíritu Santo, que hemos escuchado durante el Concilio? Obrando así, negaríamos la verdad que concierne a nosotros mismos y que el Apóstol ha expresado de modo tan elocuente: "Mas por gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia que me confirió no resultó vana" (n. 6).

Día 3º (20 enero)

de la Enc. Redemptoris missio (1990)

El Concilio Vaticano II ha querido renovar la vida y la actividad de la Iglesia según las necesidades del mundo contemporáneo; ha subrayado su «índole misionera, basándola dinámicamente en la misma misión trinitaria». El impulso misionero pertenece, pues, a la naturaleza íntima de la vida cristiana e inspira también el ecumenismo: «Que todos sean uno... para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21) (n. 1).

Por otra parte, es verdad que todos los que han recibido el bautismo en Cristo están en una cierta comunión entre sí, aunque no perfecta. Sobre esta base se funda la orientación dada por el Concilio: «En cuanto lo permitan las condiciones religiosas promuévase la acción ecuménica de forma que, excluida toda especie tanto de indiferentismo y confusionismo como de emulación insensata, los católicos colaboren fraternalmente con los hermanos separados, según las normas del Decreto sobre el Ecumenismo, mediante la profesión común, en cuanto sea posible, de la fe en Dios y en Jesucristo delante de las naciones, y den vida a la cooperación en asuntos sociales y técnicos, culturales y religiosos» (n. 50).

La enseñanza teológica no puede ni debe prescindir de la misión universal de la Iglesia, del ecumenismo, del estudio de las grandes religiones y de la misionología (n. 83).

Día 4º (21 enero)

de la Enc. Dominum et vivificantem (1986)

En nuestra época, pues, estamos de nuevo llamados, por la fe siempre antigua y siempre nueva de la Iglesia, a acercarnos al Espíritu Santo que es dador de vida. Nos ayuda a ello y nos estimula también la herencia común con las Iglesias orientales, las cuales han custodiado celosamente las riquezas extraordinarias de las enseñanzas de los Padres sobre el Espíritu Santo. También por esto podemos decir que uno de los acontecimientos eclesiales más importantes de los últimos años ha sido el XVI centenario del I Concilio de Constantinopla, celebrado contemporáneamente en Constantinopla y en Roma en la solemnidad de Pentecostés del 1981. El Espíritu Santo ha sido comprendido mejor en aquella ocasión, mientras se meditaba sobre el misterio de la Iglesia, como aquél que indica los caminos que llevan a la unión de los cristianos, más aún, como la fuente suprema de esta unidad, que proviene de Dios mismo y a la que san Pablo dio una expresión particular con las palabras con que frecuentemente se inicia la liturgia eucarística: «La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros» (n. 2).

Ciertamente, debemos constatar, por desgracia, que el milenio ya transcurrido ha sido el de las grandes divisiones entre los cristianas. Por consiguiente, todos los creyentes en Cristo, a ejemplo de los Apóstoles, deberán poner todo su empeño en conformar su pensamiento y acción a la voluntad del Espíritu Santo, «principio de unidad de la Iglesia», para que todos los bautizados en un solo Espíritu, para formar un solo cuerpo, se encuentren unidos como hermanos en la celebración de la misma Eucaristía «sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad» (n. 62).

Día 5º (22 enero)

de la Enc. Slovarum apostoli (1985)

sobre san Cirilo y san Metodio, copatronos de Europa

La acción previsora, la doctrina profunda y ortodoxa, el equilibrio, la lealtad, el celo apostólico, la magnanimidad intrépida le granjearon el reconocimiento y la confianza de pontífices romanos, de patriarcas constantinopolitanos, de emperadores bizantinos y de diversos príncipes de los nuevos pueblos eslavos. Por todo ello, Metodio llegó a ser el guía y el pastor legítimo de la Iglesia, que en aquella época se arraigaba en aquellas naciones, y es unánimemente venerado, junto con su hermano Constantino, como el heraldo del evangelio y el maestro "de parte de Dios y del santo apóstol Pedro" y como fundamento de la unidad plena entre las Iglesias de reciente fundación y las más antiguas (n. 7).

Precisamente por tal motivo consideraron una cosa normal tomar una posición clara en todos los conflictos que entonces perturbaban las sociedades eslavas, en vías de organización, asumiendo como suyas las dificultades y los problemas, inevitables en unos pueblos que defendían la propia identidad bajo la presión militar y cultural del nuevo Imperio romanogermánico, e intentaban rechazar aquellas formas de vida que consideraban extrañas.

Era a la vez el comienzo de unas divergencias más profundas, destinadas, desgraciadamente, a acrecentarse, entre la cristiandad oriental y la occidental, y los dos santos misioneros se encontraron personalmente implicados en ellas; pero supieron mantener siempre una recta ortodoxia y una atención coherente, tanto al depósito de la tradición como a las novedades del estilo de vida propias de los pueblos evangelizados. A menudo las situaciones de contraste se impusieron con toda su ambigua y dolorosa complejidad, pero no por esto Constantino y Metodio intentaron apartarse de la prueba: la incomprensión, la manifiesta mala fe y, en el caso de Metodio, incluso las cadenas, aceptadas por amor de Cristo, no consiguieron hacer desistir a ninguno de los dos del tenaz propósito de ayudar y de servir a la justa causa de los pueblos eslavos y a la unidad de la Iglesia universal. Este fue el precio que debieron pagar por la causa de la difusión del evangelio, por la empresa misionera, por la búsqueda esforzada de nuevas formas de vida y de vías eficaces con el fin de hacer llegar la buena nueva a las naciones eslavas que se estaban formando (n. 10).

Día 6º (23 enero)

Habiendo iniciado su misión por mandato de Constantinopla, ellos buscaron, en un cierto sentido, que la misma fuese confirmada dirigiéndose a la Sede Apostólica de Roma, centro visible de la unidad de la Iglesia. De este modo, movidos por el sentido de su universalidad, edificaron la Iglesia como Iglesia una, santa, católica y apostólica (...) Puede decirse que la invocación de Jesús en la oración sacerdotal ¾ut unum sint¾ representa su lema misionero (...) Para nosotros, hombres de hoy, su apostolado posee también la elocuencia de una llamada ecuménica: es una invitación a reconstruir, en la paz de la reconciliación, la unidad que fue gravemente resquebrajada en tiempos posteriores a los santos Cirilo y Metodio y, en primerísimo lugar, la unidad entre Oriente y Occidente.

La convicción de los santos hermanos de Salónica, según los cuales cada Iglesia local está llamada a enriquecer con sus propios dones el "pleroma" católico, estaba en perfecta armonía con su intuición evangélica de que las diferentes condiciones de vida de cada Iglesia cristiana nunca pueden justificar desacuerdos, discordias, rupturas en la profesión de la única fe y en la práctica de la caridad (n. 13).

Se sabe que, según las enseñanzas del Concilio Vaticano II, "por movimiento ecuménico se entienden las actividades e iniciativas que, según las variadas necesidades de la Iglesia y las características de la época, se suscitan y se ordenan a favorecer la unidad de los cristianos" Por tanto, no parece nada anacrónico el ver en los santos Cirilo y Metodio a los auténticos precursores del ecumenismo por haber querido eliminar o disminuir eficazmente toda verdadera división, o incluso sólo aparente, entre cada una de las comunidades pertenecientes a la misma Iglesia. En efecto, la división que, por desgracia, tuvo lugar en la historia de la Iglesia y desafortunadamente continúa todavía, "contradice abiertamente la voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo y daña a la causa santísima de la predicación del evangelio a todos los hombres".

Día 7º (24 enero)

La ferviente solicitud demostrada por ambos hermanos, y especialmente por Metodio en razón de su responsabilidad episcopal, por conservar la unidad de la fe y del amor entre las Iglesias de las que eran miembros, es decir, la Iglesia de Constantinopla y la Iglesia romana, por una parte, y las Iglesias nacientes en tierras eslavas, por otra, fue y será siempre su gran mérito. Este es tanto mayor si se tiene presente que su misión se desarrolló en los años 863-885, es decir, en los años críticos en los que surgió y empezó a hacerse más profunda la fatal discordia y la áspera controversia entre las Iglesias de Oriente y de Occidente. La división se acentuó por la cuestión de la dependencia canónica de Bulgaria, que precisamente entonces había aceptado oficialmente el cristianismo.

En este período borrascoso, marcado también por conflictos armados entre pueblos cristianos limítrofes, los santos hermanos de Salónica conservaron una fidelidad total, llena de vigilancia, a la recta doctrina y a la tradición de la Iglesia perfectamente unida y, en particular, a las "instituciones divinas" y a las "instituciones eclesiásticas" sobre las que, según los cánones de los antiguos concilios, basaban su estructura y su organización. Esta fidelidad les permitió llevar a término los grandes objetivos misioneros y permanecer en plena unidad espiritual y canónica con la Iglesia romana, con la Iglesia de Constantinopla y con las nuevas Iglesias fundadas por ellos entre los pueblos eslavos (n. 14).

Metodio especialmente no dudaba en afrontar incomprensiones, contrastes e incluso difamaciones y persecuciones físicas, con tal de no faltar a su ejemplar fidelidad eclesial, con tal de cumplir sus deberes de cristiano y de obispo y los compromisos adquiridos ante la Iglesia de Bizancio, que lo había engendrado y enviado como misionero junto con Cirilo; ante la Iglesia de Roma, gracias a la cual desempeñaba su encargo de arzobispo pro fide en el "territorio de san Pedro"; así como ante aquella Iglesia naciente en tierras eslavas, que él aceptó como propia y que supo defender ¾convencido de su justo derecho¾ ante las autoridades eclesiásticas y civiles, tutelando concretamente la liturgia en lengua paleoeslava y los derechos eclesiásticos fundamentales propios de las Iglesias en las diversas naciones.

Obrando así, él recurría siempre, como Constantino filósofo, al diálogo con los que eran contrarios a sus ideas o a sus iniciativas pastorales y ponían en duda su legitimidad. De este modo será siempre un maestro para todos aquellos que, en cualquier época, tratan de atenuar las discordias respetando la plenitud multiforme de la Iglesia la cual, según la voluntad de su fundador, Jesucristo, debe ser siempre una, santa, católica y apostólica. Tal consigna encontró pleno eco en el Símbolo de los 150 Padres del II Concilio ecuménico de Constantinopla, lo cual constituye la intangible profesión de fe de todos los cristianos (n. 15).

Día 8º (25 enero)

Cirilo y Metodio son como los eslabones de unión, o como un puente espiritual, entre la tradición oriental y la occidental, que confluyen en la única gran tradición de la Iglesia universal. Para nosotros son paladines y a la vez patronos en el esfuerzo ecuménico de las Iglesias hermanas de Oriente y Occidente para volver a encontrar, mediante el diálogo y la oración, la unidad visible en la comunión perfecta y total; unión que ¾como dije durante mi visita a Bari¾ no es absorción ni tampoco fusión. La unidad es el encuentro en la verdad y en el amor que nos han sido dados por el Espíritu. Cirilo y Metodio, en su personalidad y en su obra, son figuras que despiertan en todos los cristianos una gran "nostalgia por la unión" y por la unidad entre las dos Iglesias hermanas de Oriente y Occidente. Para la plena catolicidad, cada nación y cada cultura tienen un papel propio que desarrollar en el plan universal de salvación. Cada tradición particular, cada Iglesia local, debe permanecer abierta y atenta a las otras Iglesias y tradiciones y, al mismo tiempo, a la comunión universal y católica; si permaneciese cerrada en sí misma, correría el peligro de empobrecerse también ella (n. 27).

En su catedral, rebosante de fieles de diversas estirpes, los discípulos de san Metodio tributaron un solemne homenaje al difunto pastor por el mensaje de salvación, de paz y de reconciliación que había llevado y al que había dedicado toda su vida: "Celebraron un oficio sagrado en latín, griego y eslavo", adorando a Dios y venerando al primer arzobispo de la Iglesia fundada por él entre los eslavos, a quienes había anunciado el Evangelio, junto con su hermano, en su propia lengua. Esta Iglesia se consolidó aún más cuando, por explícito consentimiento del Papa, recibió una jerarquía autóctona, radicada en la sucesión apostólica y enlazada en la unidad de fe y de amor tanto con la Iglesia de Roma como con la de Constantinopla, donde la misión eslava se había iniciado (n. 29).

No hay comentarios:

Publicar un comentario

CONSAGRACIÓ A MARIA d’Ucraïna i Rússia

                                                                25 març  2022    Oració que fa Francesc amb tota l’Església.   Resum litera...